«Ganamos un millón quinientos mil pesos con 10 años de antigüedad»

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Hay un edificio sobre la Ruta 88, en Mar del Plata, donde la vida se reinventa a la fuerza. No es un eslogan. Es el Instituto Nacional de Rehabilitación Psicofísica, un lugar que la mayoría conoce por su sigla, INAREPS. Adentro, un ejército silencioso de médicos, kinesiólogos, psicólogos y terapistas ocupacionales trabaja con una materia prima frágil: personas a las que un accidente o una enfermedad les arrebató el cuerpo que conocían. María Gabriela Chialva camina esos pasillos desde hace treinta años. Es la jefa del servicio de Terapia Ocupacional. Conoce de memoria el abismo que se abre cuando alguien pierde la capacidad de caminar, de hablar, de ser independiente. Y sabe, también, cómo construir un puente para cruzarlo. Desde un espacio de reflexión en Mejor Chequelo, nos cuenta el día a día de su trabajo.

La realidad golpea la puerta de este centro de referencia nacional todos los días. La gran mayoría de los pacientes llega desde la intemperie del mercado laboral informal, sin ningún tipo de cobertura de salud. Otros, los que sí tienen obras sociales inmensas, llegan exhaustos tras sobrevivir a laberintos burocráticos interminables.

Aquí es donde el derecho a la salud en Argentina choca contra la pared de los trámites. Cuando las prepagas o las obras sociales retacean la cobertura por discapacidad, la Justicia suele ser la última trinchera.

María Gabriela explica las cosas de manera sencilla para bajar la angustia. Detalla que la rehabilitación no es un parche. Es un abordaje transdisciplinario que rara vez existe en el sector privado. Hay un equipo coordinado por un médico fisiatra que enlaza el trabajo de fonoaudiólogos, neurólogos, neumonólogos, odontólogos y técnicos en órtesis y prótesis. Todos giran alrededor de un mismo eje, que es devolverle la autonomía al paciente.

Sin embargo, este oasis público atraviesa una sequía profunda. La crisis y los desafíos marcan el pulso de los pasillos. El cambio hacia un modelo de administración centralizada ha vuelto la gestión un proceso lento y pesado. Las carpetas duermen en despachos lejanos a la espera de una firma. Y aunque las setenta camas de internación funcionan y la calidad de la atención no se negocia, la precarización laboral de los profesionales asusta. Hombres y mujeres que enseñan a caminar de nuevo perciben salarios que han quedado pulverizados por la inflación. Muchos son trabajadores contratados que, al acercarse el mes doce de su convenio, sienten el rigor de la incertidumbre. No pueden proyectar, no pueden sacar un crédito, no logran sostener el alquiler. Trabajan sostenidos por una vocación que los empuja al límite.

Y a pesar de todo, el instituto se resiste a ser un depósito de historias tristes. Mantienen una pileta climatizada donde los pacientes vuelven a sentir la ingravidez y el alivio. Tienen programas de alfabetización digital y convenios para terminar la escuela secundaria a través del Plan Fines. Saben que el trauma no golpea a un solo individuo. Si la persona que sufrió la discapacidad era el sostén del hogar, el equipo entrena al resto de la familia para que tome la posta y aprenda un oficio.

Organizan talleres de herrería, cerámica y panificación. El resultado de ese esfuerzo enorme cristaliza en la feria de emprendedores que funciona de lunes a viernes en las instalaciones del lugar. Venden desde bijouterie hasta mates vitrificados, buscando siempre el armado de cooperativas de trabajo. Buscan, en definitiva, que la vida vuelva a tener sentido y sustento.

En un país donde el acceso a la salud a veces parece un privilegio, los trabajadores del INAREPS demuestran a diario que la rehabilitación psicofísica es mucho más que recuperar el movimiento de una pierna o la fluidez del habla. Es devolverle al otro el derecho a participar de su propia existencia. Es enseñarle a una familia entera que, incluso después del peor de los daños y del diagnóstico más oscuro, todavía es posible recuperar el gusto por estar vivos.

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